Y al tercer día, Capote.

Era costumbre ver una película al día, por lo menos. Ese día tocó después de almuerzo. En el almacén habían tantas como desearas o quizás no tanto; igual puedes escoger algún clásico, independiente, comedia o de suspenso. La elección a veces se daba según el apetito saciado con la comida (pastas, guisos, ensalada) aunque esa tarde no tuvo que ver con eso, porque el almuerzo había sido un café. Entonces, ahí estaban los dos leyendo: De Niro y Seymour Hoffman “Flawless”. 
– Veamos esa. La he visto hace años y no la recuerdo bien.
– Hmmm. Ya está bien esa.
Qué buen actor es Philip, piensa, mientras en su cabeza pasa un recuento de las películas que ha visto con él: desde Perfume de Mujer (Scent of a Woman) con Al Pacino a través de un suceso de imágenes rápidas que pasaban por The Big Lebowski, Magnolia, The Talented Mr. Ripley, Almost Famous, Punch-Drunk Love, Red Dragon, 25th Hour hasta que la imagen se detiene en esa foto de señor en traje, como en pausa, con la mano izquierda sobre la muñeca de la derecha.
– ¿Sabes cuál tienes que ver?
– ¿?
– Capote.
– Ah sí.
– Qué buen actor.
No sabe bien por qué se detuvo en esa película, ni siquiera es una de sus preferidas con ese actor, pero ahí estaba la voz de Capote a través de la cara de Philip, su postura, sus movimientos. Tienes que ver esa película. Capote.
Al día siguiente, la hora para la película fue a media mañana. La escogida fue Breakfast at Tiffany’s porque ya era una pendiente de hace varias semanas y parecía venir bien a esa hora previa al almuerzo. Empezó a ver la película sin recordar, asociar que la tarde anterior Capote había sido protagonista de un pensamiento y recuerdo, evocación a través de su actor intérprete. Los créditos siguen apareciendo en la pantalla y aun no se da cuenta que esa película está basada en el libro de Truman. No se da cuenta hasta que aparece en la pantalla: “based on the novella Breakfast at Tiffany’s by Truman Capote”.
– ¡Cierto! Y justo ayer te decía que tenías que ver esa película. Capote.
– Sí pues.
– Me hubiera gustado leer la novela primero.
Después de 115 minutos termina la película. Qué ganas de leer el libro ahora. El día se termina. Amanece otro. Muy temprano en la mañana recuerda la película del día anterior, recuerda sobre todo a Holly Hepburn a Audrey Golightly. ¿Cómo conseguir el libro pronto? ¿Cómo conseguirlo además en su idioma original? Piensa en llamar a un amigo ¿Tendrás, acaso, Breakfast at Tiffany’s de Capote? Pensaba en hablarle a una amiga ¿Has visto la película Breakfast at Tiffany’s? Quería hablar de eso, comentar la coincidencia además de las apreciaciones de la película; pero aun no era ni las ocho de la mañana, lo más probable es que ellos aun estuvieran durmiendo. Al único lugar que podía recurrir a esa hora, era la computadora. Explorador, buscador, tipear el nombre más pdf y darle enter. Tercer enlace de resultado. Breakfast at Tiffany’s: online y en inglés.
– Buen desayuno.
Empieza a leer. Tiene a Capote (ahora sí ya al escritor no a Philip Seymour Hoffman) en la cabeza. Va leyendo y se sorprende. Ya se sabe que las películas son adaptaciones, ni una sola guarda textualmente lo que encuentras en la lectura. Aun con ese conocimiento se sorprende y de pronto se alimenta de la curiosidad por terminar la historia de inmediato. Va leyendo y las imágenes del día anterior se entrecruzan en la lectura, es como si estuviera viendo la extensión de la película en su texto original, es como tener una historia paralela de la misma historia; esas visiones que pocas veces tenemos oportunidad de ver, estaban ahí sucediendo durante su mañana mientras leía sin parar, riendo y alucinándose el mejor desayuno.
El teléfono suena.
– ¿Nos vemos ahora?
Por un momento no entendía nada. Había contestado por inercia a modo de parar la interrupción y no estaba en condición de responder, de atender, de mantener una conversación. Hizo un esfuerzo.
– ¿Aló?
– Hola, sí claro, nos vemos.
– Estaré a la una en punto.
– Perfecto, nos vemos.
Tenía que dejar a Capote por ahora, aunque después del almuerzo, volvería. De pronto ya se encontraba caminando bajo el sol que había invadido el invierno, pensando en cuánto calor hace, la sed que tengo, cuánta gente en la calle a esta hora, mejor camino por la sombra. Ahí está, qué bueno, justo a tiempo. El almuerzo transcurre -entre otras cosas- hablando de los amigos que ya no se frecuentan, de las cosas por hacer y los planes de viaje, de los oficios y el dinero que no se tiene ¿Cuándo vas a publicar? Debes de tener algo ya listo. El tema se concentró en la escritura, en las asociaciones que se hacen una vez que publicas algo: los comentarios críticos que coinciden en que tu texto tiene algo de uno o del otro, que se parece a éste o a ese. Esas cosas que me alegra a veces no tener idea a qué se refieren. Así hasta que llega el postre. Fresas y piñas, de pronto parece que la primavera se ha adelantado.
– Por cierto ¿Qué es eso? No lo vi bien.
– Es lo que estoy leyendo ahora, es…
– El adversario.
– Hace tiempo no sentía…
Toma el libro, observa la portada, lo hojea -oliendo como siempre las páginas- le da vuelta y empieza a leer el texto de la contratapa, hasta que resalta de pronto un “se le ha comparado con A Sangre Fría de Truman Capote”.
– Ya ves.
– ¿Qué cosa?
– Hablábamos justo acerca de esas comparaciones y mira lo que dice aquí.
– Sí, pero en realidad no se parece.
– No he leído A Sangre Fría, aunque hoy empecé a leer Breakfast at Tiffany’s, porque ayer vi la película, aunque antes de eso pensé en Capote por el actor Philip Seymour…
– …Hoffman.
– Sí.
– La busqué ahora en la mañana, y la encontré. Quería leerla en su idioma original porque siempre me gusta leer en el idioma original, bueno, siempre que pueda; si hubiera sido en francés…ahí sí, complicado.
Y así, al tercer día, apareció Capote ¿por qué se había detenido en esa película si ni siquiera era una de sus preferidas con ese actor? Ahí estaba la respuesta: en un Lunch at Raffo’s hablando de un asesino a sangre fría, del protagonista Jean-Claude Romand, un ciudadano francés (hablando justo del francés) famoso por haber asesinado en 1993 a su mujer con un rodillo de amasar, a su hija Caroline, de 7 años, y a su hijo Antoine, de 5, empleando un rifle del calibre 22. Después de esto, limpiar la casa, pasear y luego ir a la casa de sus padres, donde, después de comer, los asesinó del mismo modo.
– Mejor toma el libro, porque sino voy a querer leerlo ahora mismo.
– Creo que nunca antes había leído algo que me diera terror. Es que ese tipo podría ser cualquiera.
– Vivió mintiendo por dieciocho años. ¿Intentó matarse sin éxito?
– Quizás no quería morir.
– “Su familia estaba a punto de descubrir la verdad sobre él; además, había agotado todos sus recursos económicos. Acorralado, atrapado en su propia trampa, no encontró otra solución que el asesinato pues, según sus propias palabras: su familia no aceptaría la verdad”.
– Lo que más me da terror no es el homicidio en sí ¿sabes?
El autor francés Emmanuel Carrère estableció relación por correspondencia con Romand, asistió a su juicio en 1996 donde fue condenado a cadena perpetua y en su libro trata de dilucidar el enigma de este sujeto, dar algunas pistas de sentido lógico a las intenciones de Jean-Claude; aun así lo que logra con mérito es dejar abiertas más interrogantes. In Cold Blood, la tragedia en Kansas, el proceso de creación de ésta novela se llevó al cine con la película Capote (2005) con Philip Seymour Hoffman. Qué buen actor. ¿Sabes cuál película tienes que ver?.

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