Just like heaven.

Todo estaba en colores y aunque algo desaturados, se notaba los matices de las flores, del cielo despejado alumbrando esa gran terraza; de su ropa y su cabeza cuando me asomé hacia abajo. Ahí estaba, era él, cómo dudarlo. Desde lo alto mis ojos como zoom tuvieron en primer plano su nuca, el reverso de su oreja, imaginando cómo se vería su mejilla contra el suelo. La gente de pronto se hizo mucha y mi teléfono empezó a sonar, de alguna manera aunque no recuerdo cómo, contesté y su voz me decía, me hablaba de cosas que no podía entender cuando lo único que yo pensaba- y que alcancé a decirle- fue de qué me hablas ¿no te das cuenta de que estás muerto?.

Cuando despertó esa mañana no lo llamó, como siempre solía hacerlo, para contarle justo lo que había soñado y que de inmediato él le asegurara, una vez más, con su típica frase no te preocupes a mi nunca me va a pasar nada, que estaba bien y que lo estaría siempre. Más de una vez pensó que quizás él era un superhéroe y que si llegaba tarde o desaparecía, era por andar salvando alguna situación extrema. Bien había hecho él al ocultarle, sin malicia, su identidad secreta; esa que alguna vez creyó revelar cuando vio sus anteojos rotos y mal pegados (coincidencia que alguna vez asoció con Peter Parker). Esa mañana tan solo no lo llamó, quizás porque ya había pasado el tiempo suficiente para que ella dejara de suponer ciertos actos de película, y que si alguna vez en realidad le pasaba algo, pues alguien la llamaría a darle la noticia. Noticia que, a pesar de todo, no esperaba recibir tan pronto.

– ¿Vamos a tomar un café?
– Sí, te paso a buscar a las ¿11?
– Perfecto.
– Listo, te veo en un rato.
Ya eran las once y quince minutos cuando tocaron el timbre: Hola ¿subes?. Mientras subía con soltura, pensaba que esas escaleras deberían ocultar algo de Escher, nunca parecían tener la misma distancia hacia el último piso: Hola ¿vamos a tomarnos el café acá?. Puede ser ¿quieres? Hace tanto frío que no me provoca mucho caminar ahora. Está bien, tomemos el café aquí.
– El otro día vi una película con Mark Ruffalo.
– ¿Cuál?
– Quizás la has visto. La película empieza con esta chica, no recuerdo el nombre de la actriz, joven…
– ¿Cómo es?
– Rubia.
– Hmmm ¿Britanny Murphy?
– Hmmm, no, tiene un apellido más largo…
– ¿Reese Whitesrpoon?
– Creo que sí.
– ¿Y cómo era la película?
– Cierto. Empieza con ella, quien es una doctora absorbida por el trabajo, típico: no disfruta de la vida. El asunto es que cuando sale del hospital y está en camino a una cena que su hermana había organizado para que “conozca a alguien”, sufre un accidente. Pero no se ve más, no se sabe qué pasó.
– Claro, como que si se murió o quedó súper mal.
– Exacto. De ahí aparece Mark Ruffalo. quien está buscando un departamento para mudarse –uno amoblado, y ni uno solo lo convence. Hasta que llega a un departamento donde lo primero que prueba es el sillón, con el que –por fin- está a gusto. El departamento además tenía acceso a una terraza enorme, terraza que luego él la llena de…
– ¿De…?
Entonces, como a veces suele pasar con ella, de una conversación ligera se asoma, interrumpe lo enigmático de la vida que con algunos es inevitable darse cuenta. Quizás debería acostumbrarme más a ese silencio suyo que se interpone como algo penetrante; así era nuestra amistad y sentía mucha curiosidad al estar en esa situación, aguardando y pensando ahora qué va a decir hasta que lo dice.
– Lo que pasa, ahora que lo pienso, justo anoche soñé algo que sin duda –ahora me doy cuenta– tiene que ver con esa película que vi.
– ¿Qué soñaste?

Los sueños. ¿Por qué soñamos? ¿Qué pueden significar esas historias que nos llegan como experiencias paralelas a nuestra propia realidad? Diversos tipos de teorías se han cuestionado e interpretado desde la clásica Grecia y su mitología, Freud y su hipnosis, hasta la neurociencia moderna con teorías fisiológicas comprobadas. Aun así todo eso que se dice y se concreta en argumentos, no logra desmarañar el propio sentido de lo que podría ser el significante y significado del mismo acto de soñar. En el artículo, que casualmente vi publicado anoche: Sueños delatores, Rosa Montero concluye que “Al final va a ser verdad que los sueños son la llave de nuestra mente”. Sea entonces que pueda tomarse como un presagio, como la acumulación de angustias y deseos, como referencias mal ordenadas de nuestra memoria a corto plazo; son –en conclusión– un sin fin de escenas que transfieren su esencia al galope de los sentidos propios, pues soñar cuesta, claro que sí; toda una inversión de emociones dirigidas en contraste de lo inevitable e ingenioso, eso que parece estar fuera de nuestro control pero que se forja desde el yo más volátil y natural. Cuán importante es, entonces, la audacia del soñador, que se vuelve trascendental en el momento exacto cuando decide la estrategia que lograr el equilibrio entre lo inquietante y lo inspirador de lo soñado. En lo más aterrador, absurdo, simpático o entrañable que pueda abrigarse un sueño, se encuentra el enigma que cada quién atribuye a su propia existencia. Descartar alguno, despojarlo de su misterio y llevarlo al campo anecdótico, desfragmentarlo o incorporarlo; solo puede obedecer a la reflexión que se le atribuya al interés propio.

Cuando terminó de contarme, si bien era ya normal divagar alrededor de sus historias oníricas, esta vez me preguntaba qué tanta coincidencia existía entre esa película, el sueño y una posible realidad. Mientras lo pensaba, lo decía:
– Claro, fue por la película.
– ¿Hueles? No me digas que es el café.
– ¡El café!

Casi tres meses después, unas semanas antes del solsticio de verano, regresaba de una caminata que se me había ocurrido hacer a media tarde. Estaba nublado, contrastado pero opaco casi tenebroso como un dibujo en blanco y negro. Cuando llegué, dejé el morral sobre el sillón y en el acto me saqué las zapatillas y las medias. Con los pies ya casi helándose tomé un poco de agua y empecé a desvestirme de prisa para ir a la ducha. Mi teléfono empezó a sonar, de alguna manera aunque no recuerdo cómo, contesté. Apenas alcancé a escuchar la voz del otro lado, una voz contrastada pero más opaca y tenebrosa que el día mismo.
– Pero ¿de qué hablas? ¿acaso está muerto?
– Sí.

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