11:11

– Siempre, pero siempre, veo las 11:11 en el reloj.
– A mí también a veces me pasa.
– Sí, pero a mí siempre.
– La presencia de algún ángel.
– Señal de los extraterrestres.
– Yo creo que es como lo mismo.

Recuerdo esa conversación que escuché a la ligera (y no me queda la certeza si se dijo exactamente lo mismo), una mañana que tomaba un café -para ese entonces ya frío- en La Barra . Revisaba mi cuaderno de apuntes y había visto que tenía varias anotaciones tachadas que trataba de descifrar a pesar de mi letra, muchas veces inteligible. Entre esos garabatos encontré un dibujo, algo parecido a un Edgar A. Poe pero con sombrero (supuesto de copa alta, pero pésimamente trazado) y con unos bigotes distintos, más largos; pero que aun así asociaba con Poe, a un mal imitador de él en todo caso, pero que aun así se le parecía. Entonces traté de recordar cuando había hecho ese dibujo, por lo general suelo escribir la fecha: el día y el mes de cuando hago esos garabatos ya que siempre luego se me olvidan los dónde cómo cuándo. Al ver más fijamente el dibujo, noté un número y lo primero que asocié fue el tema del 11 duplicado. Así se dio vida al dibujo, recordé. Debía estar sentada tomando también café, pero a modo de desayuno: tostadas, huevos revueltos, mermelada de naranja. Es ahí, estando con la tostada en la mano, cuando escucho un siempre veo las 11 y 11. Hay momentos en una situación de a tres, que la conversación se hace de a dos y permite al tercero divagar aun estando presente, de ahí salió ese dibujo del mal doblado Poe y de esa recepción ligera del tema de conversación. El 11, número que como firma de autor se encuentra en el dibujo. Dibujo que me detuve a mirar aquella vez tomando el café frío, cuando las dos amigas hablaban de las señales cósmicas extraterrestres y/o espirituales que envuelven a ese espectro numeral. Espectro numeral con el que pocas veces coincido.

Y ahí estaba ella, recordando una conversación la cual hizo que evocara una anterior: el recuerdo del recuerdo, qué simpático momento narrado por su voz matizaba con la ronquera de la mañana. Me pregunto si se habrá dado cuenta, que en ese momento cuando en lugar de tomarse un café, se lo está recién preparando, el reloj marcaba las 11 y 10. Lo sé bien porque ahora que volteo y la veo, a la altura de su cintura se dibuja un 11 y 11 en perfecta sincronización. Entonces suelto una carcajada y ella, con su sonrisa de medio lado iluminada por la luz de la ventana cual ángel matutino, con su mirada y la ceja levantada; fijas sobre mí cual saludo que alucino debe ser natural de Marte, me pregunta qué pasa. Entonces la miro una vez más y no es sino algo macabro lo que puedo asociar en estas coincidencias. Me permito poner en fade out mi carcajada y le pregunto dónde está ese dibujo surgido en la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido pero de manera acausal. Me señala la mesa o la silla o el mueble, sin saber me dirijo igual y lo ubico. Pequeño choleskin de cinta dorada que al abrirlo me revela ese retrato y no el número sino los números como firma, cuatro veces uno. Alzo la voz y le digo, parafraseando a Baudelaire, respiras este aire rarificado, aquí la naturaleza llamada inanimada participa de la naturaleza de los seres vivos, y, como ellos, se estremece con un escalofrío sobrenatural y galvánico.

Ahí estaba él, a contraluz hablándole de Poe; que protagonismo en esa historia, de numerología y recuerdos asociados, no tenía salvo por la aparición inconsciente en un dibujado mal hecho. Pero ahí estaba, todo sucediendo como a través de una ventana desde la cual el observador no se asoma en compromiso de encontrar una respuesta solo se coloca dentro de la situación como si estuviera ahí con ellos, queriendo decirle a ella qué hora es y a él que se fije mejor en ese dibujo, que…

Alguien toca la puerta e interrumpe la lectura. A veces el ruido más simple puede ser el más perturbador.

– Ya nos tenemos que ir. ¿Estás listo? Acuérdate que quedamos a las 11:30 y nos demoramos quince minutos en llegar.
– Pero si recién es las 11 y …

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