¿Capicúa?

Hoy es martes, mar…tes, mar…tes, pensaba mientras veía en el reloj la hora de levantarse. Hace cerca de dos meses que no nos veíamos y a pesar de no ser tanto tiempo habían pasado muchas cosas. Lo típico del tiempo al tiempo, a veces hay cosas que éste se lleva consigo perdiéndose entre sus tic tac: la intimidad del compartir, la complicidad del día a día, la sensación que se injerta cual sanguijuela, de no estar solo. Pero la soledad o algunas, como dice un poema que leí: no sabe otro camino/reposa en el resigno de lo irremediable/ en el mito desnudo del orgullo sin tregua/ en la simple sentencia de lo ambiguo. Yo no leo poesía, pero ese de la soledad me llegó justo y precisamente esa mañana, donde terminaba de alistarse para tomar un café pasado pendiente desde hace más de cuatro semanas. Súper cargado estará ese café, ese café para esa mañana.

No leía poemas, decía, pero alguna vez los había escrito. Ya no más (por un tiempo), ha dicho. Ahora la narrativa –después de tanto– se ha encontrado conmigo en buenas condiciones (pese a que, decir buenas se refiere a una catástrofe que evoca a tantas frases como “hay que destruir para construir”). Buenas condiciones, buenas intenciones, decisiones… iones -estamos recargados hasta eléctricamente, parecemos haber salido de un proceso de ionización ¿hemos ganado o perdido?. Todas estas cavilaciones mañaneras las hacía mientras caminaba hacia su casa, pasando por las callecitas alejadas del tráfico cruzando avenidas principales y ruidosas (visualmente, porque el soundtrack siempre estaba determinado por el iPod). Caminando, caminando, porque caminante no hay camino y así. Qué bueno que no lee poesía, he pensado yo, viéndola como frasea y frasea líneas de poemas mientras sorteaba charcos posibles engañosos para no quedar con las zapatillas muy mojadas, ha pisado otros y el reflejo en alguno le ha provocado alguna foto. Casi dos meses, pensaba, las cosas deben ser distintas. Todo cambia, piensa, dando vueltas como un plato volador (extraño recuerdo de una canción ¿quién la cantaba?) de inmediato el cambio es lo único que permanece en el tiempo, incondicional. Sin caso a lo que suena por los audífonos, ahora el soundtrack parece ser otro.

Ahí está en la puerta, ya llegó. Mientras se tarda dos segundos en tocar el timbre, el portero- que ya la conoce (porque no es que baste algunas semanas para que te olvides de alguien) le abre la puerta. Buenos días. Hola, le dice, gracias. ¿será que cambiaron el color de la pintura? Ha pensado cualquier cosa para sacarse un rato las canciones y frases, calificaciones del tiempo al tiempo que iban uno tras otro al compás de la escalera. Saludar como siempre, saludar como antes. Nada de eso existe, el ahora se muestra hoy sin referentes del pasado. Saludar como hoy, sin pensar ¿y así será después entonces?.

Les voy a contar que la conversación fluyó, eso sí, como siempre, es que hay con quiénes así se apueste resistencia con uno, pues terminas siendo tú mismo porque así es. Todos deberíamos tener a alguien, aunque sea a uno, con quién ser tal cual, sin restricciones, donde empieces a aflojar con el tanto yo que se rehúsa a veces a liberar las intenciones ideales del compartir, de hacer que esa soledad se reinvente (volviendo al poema) en la destreza del camuflaje sin peros.

Me voy a dedicar a escribir, le dijo finalmente. La sonrisa de ella, de alegría de aceptación de ese casi orgullo de satisfacción de total, tantas cosas que se pueden resumir en un acentuado feliz “qué paja”. En ese momento trajeron al instante de la confesión narrativa, un hecho, un recuerdo casi accidental, sí ¿te acuerdas? tú habías escrito algo, un cuento creo, me gustaría leerlo. Vaya que si me acordaré dónde lo tengo, espérate que lo busco. Tengo un manuscrito aquí, pero déjame que me fije si tengo el archivo digital porque recuerdo que le hice alguna corrección, creo que le cambié el final, hay dos versiones, te voy a dar esa también. Leerla, para mí, era una curiosidad un tanto justificada porque muchas veces había pasado que cuando la escuchaba contar, lo hacía con tal precisión que era como si de ella se proyectaran las imágenes en el aire directo a tu cerebro y así entonces era como si de verdad lo estuvieras viendo ¿será que al leerla pasará lo mismo? ¿de qué hablaría en ese cuento, cómo? ¿cuáles palabras usará, cuál será la forma de su hablar en la escritura? Así de pronto, en esa sala que siendo la misma era otra desde los cuadros, los discos, los muebles hasta yo, ella; así entonces nada parecía como antes, todo parecía mejor. Tiempo al tiempo, había recordado, sí, pero yo no quiero tiempo al tiempo, yo quiero tiempo al momento de hoy, contigo. Porque es mejor un café cada semana, una caminada, un malecón.

Cuando llegó de vuelta a casa, se sentó en el gran sofá cama, dejó todo de lado y se acomodó para leer el manuscrito. Empiezo a leer y la historia me resulta familiar (me agarro la frente y me río), conozco ésta historia, ella me la ha contado. Sin darse cuenta en un vértice imaginario se unían mundos paralelos, ahí desde ese papel leyendo “habían gaviotas y no parecían estar lejos, recordé Ancón y la ligereza de esa época tan lejana que parecía pertenecerle a otra vida” . Con esa conmoción asombrosa, alrededor de tantas coincidencias en ese día, porque nada puede ser tan casual ¿no? sucede algo aun más extraño, primero en el texto que leía y luego ahí mismo en el sofá cama. “Nunca en mis 31 años(…) Bueno, tal vez a los 13(…)(Ahora que veo estos dos números escritos, no puedo dejar de notar la coincidencia. ¿Capicúa? Sonrío.)”. Yo sonrío más y entre sonrisas: la de ella, en ese pasado, mientras escribía ese cuento (me la imagino echada en su cama con su costumbre de tener la computadora en la cama, una mañana que no tuvo que levantarse temprano o quizás no tuvo que levantarse del todo, ahí recordando su propia historia, sonriendo con aquella coincidencia) cuando ella tenía 31 y la sonrisa, la mía ahora que tengo 31 y estoy leyendo lo que escribió. Dos realidades atemporales unidas en ese mismo momento por esta doble capicúa misteriosa en este 2013, sí 13.

¿Podrá significar algo?: Alguien quien, en su decisión por dedicarse a escribir a los 31 años, en el año 2013, lee algo escrito por alguien de cuando tenía 31 años; haciendo un punto de inflexión sobre su vida, recordando detalles–a su vez–de cuando tenía 13 años. ¡Qué lío numeral! puede pensarse, aun así, respondiendo a eso de ¿podrá significar algo? pues no lo sé, pero una amistad que guarda artificios tan macabros como el propio 13 podría sugerir, no me deja más que pensar que en realidad, esa amistad es de buena suerte. A mí que me atrae el misterio y lo enigmático de la vida, me vendría bien una amistad como esa, que siendo lo que sea que guarde en su indescifrable transcurrir, sea solamente, sin intentar comprender, porque como dice Attaque 77 (volviendo a la canción) por qué insistir. Así que ¿tiempo al tiempo? Y a mí que siempre me gustaron los números impares.

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