Post mortem.

Sentía que la historia ya llegaba a su fin. Solo terminar ese párrafo y podía irse. Una leída más, agregar comas, cambiar guiones y ya está. Es hora de dejar esto, punto final y marchar de inmediato contra el reloj que hace quince minutos debía haber ya estado en camino. Sucedía algo extraño con eso a lo que se rehusaba llegar a tiempo. Tras un año sin estar detrás de un visor, sin coordinaciones mayores entre producción y estilo, de locaciones y vestuario; la escena de retratar otra vez mediante la fotografía generaba una sensación un poco agobiante, sin llegar a ser un ataque de pánico, la respiración se entrecortaba, todo un trastorno de somatización digno de una serie dramática. Estás exagerando ¿verdad? En realidad sí, no es para tanto, pero un poco de emoción en la historia viene bien, sobre todo cuando en la realidad todo no podía haber estado más calmado.

Así entonces, volver a hacer fotos llegaba en un buen momento, entre otras cosas por la primavera que traía una luz natural a través de un cielo despejado, realzando los colores y dando el volumen que muchas veces se pierde con el pálido neutral del cielo que nos ha tocado. Tenía que haber pensado justo en eso para que hoy esté más nublado que nunca con ese brillo penetrante, imposible de lidiar aun así con los ojos cerrados. Extraño brillante mate que en combinación con el tráfico no suele ser la mejor dupla para salir a la calle. Aun sí, recarga el buen humor y acumula la disposición para que se filtre por ahí, alguno que otro, dolor de cabeza innecesario.

– No saben el tráfico hoy, raro.
– Han cerrado el óvalo, debe ser también por eso.
– ¿Te gusta la crema de zapallo?
– Sí.
– ¿Quieres escuchar el nuevo disco? Aun faltan las mezclas, pero ya casi está.
– Claro, ya saben que ese disco para mí –que tengo un muerto recién– va a significar mucho. Además lo lanzan en el mismo mes.
– ¿Cuándo fue?

El almuerzo no puede estar más rico y escuchando cada tema, proyecto la evolución que han tenido. Me alegro tanto de estar escuchándolo y saborear –al mismo tiempo que el tomate, el pan frito, la crema– cada golpe de batería, el ritmo del cajón, el encantamiento de los vientos, la cadencia de las cuerdas, los efectos de distorsión, la armonía de las voces, el estallar de los coros: una procesión fílmica de inframundo resonando con un humor que nos hace sonreír entre los sorbos de agua.

Cerrando el ciclo no vital (aunque muy vivaz) que presenta el disco, pasamos a ver el arte, el dibujo que será la portada y conexión para las fotos. Que la muerte esté presente como lo que es, sin tornarla o macabra o ligera, en su presencia musical retribuida de la propia experiencia que la ha hecho nacer. De postre unas fresas y la decisión de ir a hacer la sesión a un cementerio.

Me despido de prisa, pues parece que hoy el reloj me ha traído en un compás a deshora, y voy llegando tarde de vuelta de donde partí. Conversamos y coordinamos la fecha pendiente para esa visita al cementerio, un picnic entre los muertos, de día soleado, de traje, de fiesta, de lo que se viene, siendo el alma de la reunión. El tráfico ha disminuido y el recorrido de regreso se hace más amigable. Tarareando la canción festiva, imaginando el encuadre de los vivos entre tanto que no.

Cuando llega, la encuentra justo a tiempo. ¿Entonces vas? Sí, vamos. Ya en el auto la conversación se escapa de los trombones y bombos, de las cornetas y arpegios que tocaban la marcha festiva para los muertos. ¿Sabes cuándo regresan? ¿Viste cómo se estaciona? Entre las frases comunes del aventón diario, algo llama su atención. Mientras maneja, empieza a contar. Mi mamá una vez se quedó encerrada en un cementerio, ahí en el pueblo donde vive. Una tarde, entre visitar a uno y a otro, se quedó conversando tanto rato que cuando se quiso ir, todo estaba cerrado. Cadenas y candado, atardeciendo, sin teléfono ni compañía. ¿Qué hizo? Trepó una pared, una pared que daba al jardín de una casa. De pronto veías a mi mamá atravesando la cocina, la sala, buenas buenas, hasta llegar a la puerta. Parece que era ya la ruta popular de escape, porque todos en la casa con naturalidad solo decían “seguro se quedó encerrada en el cementerio”. Me acuerdo y me río. ¿Te acuerdas? Sí, yo de chica también vivía ahí y teníamos un amigo -vecino del cementerio, ahí, la puerta siguiente era su casa- que su apellido era Espíritu.

– ¿Sabes? Justo voy a hacer unas fotos en un cementerio.
– ¿En serio? ¿Cuál?

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