Road Trip.

La carretera se dibujaba a más de cien kilómetros por hora y al ritmo de Pearl Jam, partir hacia el sur se convertía de pronto en la meta para la noche de octubre. Algo así empezaba el guión que se sentó a escribir esa mañana. Partiendo muy temprano después del desayuno, aventurándose a un fin de semana fuera de la ciudad, donde los tragos, las humaradas y el desequilibrio combinaban el mejor menú para el road trip planeado por el cumpleaños número 35.  Así más o menos sería la historia para el corto. Un carro, una cámara, una carretera, un par de amigos, una buena conversa. Quizás deberíamos parar en el grifo. ¿Has visto esa película? ¿Te das cuenta que hablas todo con profundidad? Yo solo digo que me gustó, que me pareció re linda la película y tú empiezas con que el guión es muy bueno, la fotografía. Por eso somos diferentes. En el silencio después del pisco y la carne, en camas paralelas y terminándose la última cerveza era mejor apagar la luz. Mañana temprano partimos, mejor vamos a dormir.

El auto está estacionado al frente del parque. Su perfil en contraluz me iluminaba el entusiasmo por saber a qué sabía ese pedazo de cuello que se le escapaba a la casaca. Justo ahí, cerca de la medianoche, darle un beso como quién no se da mucha cuenta, sin querer así como quién pregunta algo muy de cerca. No podía imaginarse cómo continuaba la historia. Escribir acerca de un road trip donde al final todo termine, sin acabar, en que las cosas pueden suceder de forma inesperada después de dudar si pasarían como lo imaginaste. ¿Por qué tan complicado terminar de escribir ese guión? Te has puesto a pensar que quizás no hay mucho qué decir cuando en realidad lo único que quieres contar es que sí, las cosas pueden fluir sin complicaciones. Cero complicado el tema, divertido, simple, directo. Fluir así en una noche puede funcionar bien para la ficción pero te das cuenta en qué se diferencia de una conversación real, como la de hoy al atardecer sobre el malecón. Se complica. Save. Close. Apagar equipo…

– ¿Cómo estás?
– Aquí, un poco de mal humor.
– ¿Qué pasó?
– Perdí un disco duro, murió el que tenía y tuve que reponerlo sin haber salvado la información que, mira que me pasa de nuevo, no la guardé en otro lado.
– Uy, cuántas cosas habrás perdido…
– Pues sí ¿te acuerdas de aquél guión que te conté que estaba escribiendo?
– Sí.
– Pues también ¿Te conté de qué iba la historia?

Seis meses después le preguntan ¿cuál es tu número que te estuve llamando y no me contestas? Ahí está sonando ¿Aló? Te tengo una buena noticia ¡Nos vamos de viaje, roadtrip asegurado! El viernes salimos a las nueve de la mañana, para ir con calma ¿te parece?. Ahí estaba ese viernes acordándose del disco duro perdido, del guión y del cumpleaños 35 y toda esa historia frustrada para la ficción que en ese momento se reinventaba para la vida real. Ahí a punto de realizarse sin cámara, ni planos, ni acciones previstas desde la imaginación. Ahí a las nueve de la mañana, pensando en la carretera que se dibujaría a más de cien kilómetros por hora, con un chupete de fresa, un puzzle portátil y sin nada qué fumar. Otra historia ésta, la real del roadtrip, tan real se presenta que ya apenas recuerdo el guión no terminado que perdí.

– ¿Aló?
– ¿Ya están en la carretera?
– No, aun no. Estoy esperando en el auto, aun sin arrancar.
– ¿Ya tienes el paquete contigo?
– Pero en qué estoy pensando, claro que sí. Gracias, tremendo detalle.
– Que lo disfruten.
– ¿Te acuerdas que alguna vez te conté de ese guión que perdí?
– Sí.
– Se trataba precisamente de un road trip hacia el sur y mira justo ahora, lo voy a vivir.
– ¿Y será cómo lo escribiste?
– No creo, nada nunca es igual a como lo escribo.
– Ya me contarás.
– Seguro que sí. Parece que por acá ya estamos listos. Ya vamos a partir.
– Buen viaje, buena historia.
– Conversamos pronto.
– Un beso.

La carretera se dibujaba a más de cien kilómetros por hora y al ritmo de Pearl Jam, partir hacia el sur se convertía de pronto en la meta para la noche de octubre. Algo así empezaba la aventura de ese viernes.

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