Into The Wild.

(“Happiness only real when shared”).

Ya había estado antes en ese estudio cuando aquella vez se parecía más a un campo con árboles altos y carpas con almohadones, bolsas de dormir, medias, zapatillas y un viento que soplaba tal cual bosque al atardecer. Es extraño ahora que lo pienso, ahora que lo escribo –recordando–, me doy cuenta que la conexión con lo que hoy me pareció una casualidad, viene desde mucho antes.

Esa vez el estudio parecía un espacio de camping a como cuando llegué ésta tarde para la parrillada. El sol había salido con una intensa necedad por quedarse. Ahí, bien arriba, el estudio se iluminaba amplio entre cuadros, pinceles y marcos. Fui directo a la terraza y en el camino la música retumbaba a través de unos parlantes conectados a un equipo de sonido reproductor de cds. Raro eso, más raro (hoy) que estar en una sala con un tornamesa escuchando LP’s. Me acerqué a las cajas de los discos apilados entre otros alrededor. Extrañamente me llamó la atención uno de ellos y me quedé mirando el cover: Alguien sentado de perfil sobre un bus marcado con un 142. En ese momento sentí que la película –porque ese disco ahí era su soundtrack– estaba insistiendo conmigo de una manera hábil, constante, sorpresiva. Tengo que verla de una vez, pensé. Y ahí mismo se distrajo con los otros discos, con el cuadro de la playa, la silla, los colores y al notar su presencia, le dijo “me gusta ese cuadro” Lo pinté recién, le dije, mientras acomodaba las copas y el vino “Yo soy old fashion, sigo comprando cds ¿quieres una cerveza”, me dijo mientras yo ya había visto el último disco y los había dejado todos en la mesa.

La conversación, después del café y la torta de chocolate con unas gotas de pisco, se concentró en el viaje; tema que a mí me llevó a pensar en la capacidad que desarrollamos para poder convivir con la naturaleza y de sobrevivirla, además especulando en los más de siete días que me esperaban fuera de la ciudad. El sol ya estaba por ceder, el viento volvía con fuerza y su mente divagaba entre el oleaje del mar, la arena, los caminos, la brisa. Ya nos vamos. ¿Se van juntos? Caminando no dejaba de observar la luz filtrada de ese atardecer, entre las ramas con pocas hojas de ese árbol en la vereda. Como si todo alrededor se mostrara como una absoluta naturaleza.

Llegada la noche buscó la película y le dio play casi sin pensarlo, casi sin nada. Es costumbre suya, quién sabe si para mejor, no enterarse mucho de lo que verá y su habilidad física para desechar tanto por los ojos u oídos información valiosa para eso, es increíble. Lo único que recordaba con clara precisión era el cover del cd que era el mismo de la película dirigida por Sean Penn. La intriga quizás, ahora, era también por la música. Comprar, tener, conservar un cd soundtrack de una película es algo particular. Recuerdo los soundtracks que yo he adquirido y que conservo, me alejo hacia atrás para visualizar a distancia el espacio de los cds e identificar cuántos de ellos pertenecen a una historia visual de la pantalla grande. ¿Por qué esa película me ha estado persiguiendo? No dejaba de pensar mientras ya la música empezaba a sonar al ritmo de unas imágenes que se aproximaban como un diario, una bitácora de viaje. La voz, esa voz que en mi cabeza no se asocia a esas guitarras, a ese sonar ¿dónde la he escuchado? Creo saber quién es. ¿En serio? Los openig credits lo confirman: Música compuesta e interpretada por Eddie Vedder. (¿Será que eso justifica la adquisición de ese soundtrack?)

Todo estaba muy confuso, una película que aborda el desinterés por una vida cotidiana, una visión tan joven que se aventura a sí mismo, a un retrato de sí mismo enmarcado por la naturaleza, la música, el disco, el viaje, el momento aquél que estaba dibujando toda esa cadena de circunstancias casuales como parte del mismo interés que ahí abrigaba desde hace meses: la soledad, el yo, la motivación, el aprendizaje. Es así que las dos horas y algo más que dura la película sintió que estaba realmente entrando a ese lado no domesticado de las sensaciones, esas sensaciones que Vedder musicaliza y recrea con su voz a través de la mirada de Penn.

La ficción, cuánto de ficción hay en lo real. Ahí se daba cuenta, mientras las escenas de la película transportaban su cuerpo a la playa, al bosque, al frío, al lugar íntimo donde solo, únicamente, uno puede lidiar consigo mismo, donde nadie puede ofrecer, suponer, estimar y ahí de pronto me veía en el estudio, los árboles y el viento de ciudad, entre el cuadro de la playa y el espacio vacío, entre el olor a carbón y el cd en mi mano, imaginando el viaje en lancha, la caminata bajo el sol, los días que aun no llegan donde la naturaleza y nosotros seamos solo uno durante siete días o más. Siete días, pensaba, en la película no son siente días. En la película Alexander Supertramp emprendió durante dos años esa aventura donde cazar, leer, caminar eran algunas cosas de su nueva vida en lo salvaje. ¿Miedo, respeto, convicción, locura, inquietud? Sea aquí o allá, la respuesta está en lo verdadero. En lo real.

Una historia de ficción, se decía. En lo real, pensaba. Es costumbre suya, quién sabe si para mejor, no enterarse mucho de lo que verá y su habilidad física para desechar tanto por los ojos u oídos información valiosa para eso, es increíble. Es verdad. Y anótese la sensación en este texto ficticio-real, de su sorpresa al terminar la película y encontrarse con la foto del protagonista, no del actor, de la historia. Drama biográfico, indicaba la clasificación de Into The Wild. Biográfico. Christopher McCandless, el chico sobre el bus 142, era real. En ese mismo momento, entre flash forwards incontables, se encontró en una roca a más de 3000 msnm, con el viento entrecruzado golpeando su ropa, observando la nieve alrededor de todo un silencio congelado, de montañas y huellas de animales. Pensando en la frase que Christopher “Alexander Supertramp” McCandless escribió sobre el libro Doctor Zhivago que tenía a la mano.

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