Dosmil once.

–       Si no te apuras, no llegas, ya estoy por entrar.

–       Ya sé, estoy afuera.

Estaba listo. El corto estaba terminado. Habían pasado dos años desde ese almuerzo donde la conversación había marcado el camino a seguir, la consecuencia que el reloj no puede detener ¿pero hacia dónde iba? Había pasado todo entre comas y puntos de la historia que quería contar, esa contemplación que se deja pasar cuando andas enfrentando una realidad sin saber cómo. Ésta vez la realidad estaba ahí, presente de improviso en una cuenta regresiva y no sabía si podía hacer el conteo.  ¿Afuera dónde? No te veo, apúrate carajo.

Ese día todo jugaba al límite del tiempo, de las horas, de los turnos, de cada paso que me tardaba en llegar y entregarle en ese preciso momento lo necesario para que pudiera entrar a competencia.  El segundo exacto, un juego olímpico de posta ficticia en esa tarde más real que había decidido seguir narrando.

La mañana no había podido estar peor.  Su insistencia en debate por continuar, se presentaba como evidencia de lo inevitable. ¿Seguir o no seguir? Los trámites parecían hacerse interminables y en la agenda del día, con los deberes –esos que copan las horas con responsabilidades forzadas – a cuesta de los minutos que no se pueden perder en un día decisivo, flanqueaban la delgada línea de lo racional. La competencia no era cualquiera, era esa que él quería ganar, no podía suceder que no ganara. Así se presentaba la tensión ante su causa, la preocupación por contar una historia estaba concreta en ese dvd, en la vida que arrojaba sus escenas, sus encuadres ¿ese seguir adelante entonces era solo parte de la ficción que él mismo había construido? O era el incentivo de su realidad, al parecer minúscula entre tanta pasada de voz en su estar distraído. ¿Sabes? si no salimos de esta reunión con el cliente convencido, estamos arruinados ¿te puedes concentrar?

Un mensaje de texto ¿Solucionaste el trámite en la notaría? La reunión terminó y el cliente estaba de acuerdo. Ya lo tienes, me tengo que ir. Caminando de sur a norte, en medio de la avenida llena de árboles y el tráfico palpitando en sus rodillas, empezó a notar que todo empezaba a disminuir la velocidad: bicicletas, skaters, la mamá con su hijo llorando por un helado, el heladero pedaleando en sentido contrario, los autos, los pájaros de copa a copa, el policía de la esquina con el brazo levantado, la chica de la chaqueta hablando por teléfono, el perro cansado. Hasta él, ahí como un ekeko cargando cosas invisibles, se detuvo al mismo tiempo que toda la escena alrededor y en contrapicado su cara, el cigarro que no había encendido, las hojas, el cielo casi despejado.

No puedo más. ¿Es necesario todo esto? ¿Acaso esta inversión emocional al límite de lo angustiante sugiere lo que busco? Detenido en plena avenida necesitaba una señal. Sí. Si acaso ésta historia es la historia que se debe seguir escribiendo, seguir filmando acá en medio de esta calle, de este encuadre inconcebible desde una óptica real, necesito de una señal para decir ¡acción! Y así, como una palmada en el hombro, porque era muy tarde y el semáforo no estaba a mi favor, di media vuelta hacia atrás y el grito de acción pareció darse solo, retumbando en mis orejas, en mis pies, en el cigarro que acababa de encender. Ahí, señalizado en verde y letras blancas, a la altura que solo mi cabeza hacia arriba podría haberlo notado, sobresalía el nombre de la calle, ahí justo donde estaba parado: el nombre de esa calle que llevaba el mismo nombre de la cabeza del jurado del concurso al que debía, quería ingresar y ganar. Si algo estaba esperando para decidir continuar y llegar al final olímpico de la entrega de posta, si buscaba una señal, era esa. Apagué el cigarrillo y crucé.

–       Si no te apuras, no llegas, ya estoy por entrar.

–       Ya sé, estoy afuera.

Estaba listo. Los trámites estaban hechos. Yo llegaba con el sobre verificado, justo para ser entregado en el segundo exacto antes de cruzar la línea. Me acerqué y entregué el corto con el cual quería ganar, el cual se dejó llevar tras ese momento épico en plena arboleda, al compás de una historia que mi mano ya no escribía. Los resultados llegaron unos meses después. Decisión unánime del jurado.

Ese año, gané.

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