¿Cuánto te costó?

A veces podemos estar más de una vez en el mismo sitio, y siempre reconocer, encontrar algo diferente, algo que antes no vimos y que –sin duda– siempre estuvo ahí. Un paso más allá, el vistazo hacia otro lado, la contemplación nunca ahí. Una periferia siempre en constante cambio ante nuestros ojos exploradores o a nuestra mirada despistada. Detalles tan simples que se encuentran con tan solo levantar la cabeza. Quizás muchos de esos detalles se ocultan hasta que llegue el momento de revelarse ante nosotros para sacudirnos con ánimo embustero de que estamos frente a una extraña coincidencia.

Era de noche, una calurosa pero que encontraba, en su paso hacia la madrugada, un viento frío que nos hacía rotar al lado de la parrilla. Parrilla que contenía un hermoso carbón encendido que permitiría alimentarnos hasta unas cuantas horas más. Llevaba un resfriado por varios días y no podía correr el riesgo de empeorar, así que fui a tomar mi turno al lado del maestro parrillero. Ahí ya estaban algunos, en contra luz conversando al ritmo de una colección de blues en vinilo. ¿Has probado piña a la parrilla? Una vez, ya no recuerdo cómo sabe. Algunos bebían cerveza, debo decir, todos bebían cerveza, excepto yo (por el resfrío) y las botellas iban y venían de la mesa de acá a la de allá, de las manos de él a las de ella y así, en constante movimiento al compás de ¿puedo cambiar de disco?

La azotea tenía las dimensiones y el diseño perfecto, la vista a la ventana del cuarto del niño que dormía sin preocupar a los padres, la vista a la avenida principal a través de las plantas, un tercer piso libre de edificios contiguos que lo encasillaran. Solo al lado se encontraba una construcción con un par de pisos más que quizás nadie había notado hasta antes del suceso curioso que estaba por llegar. Seguía al lado de la parrilla, había encontrado en ese lugar el balance adecuado para no sentir tanto frío y tampoco tanto calor. Ellos conversaban de algo a lo que no prestaba atención, seguro hicieron una pausa o habían terminado por completo la charla, quién sabe, solo sé que al dirigir mi mirada hacia ellos con la mano izquierda en mi boca -comiendo por supuesto- él me señala a la altura del pecho diciendo ¿cuánto te costó?.

Sin bajar la mirada supuse que se refería a lo que llevaba puesto, cuando estaba empezando a recordarle que fue él quién me lo había regalado me interrumpe para aclararme que su pregunta iba por el tatuaje que tenía en el brazo. ¿Cuánto te costó? Gesto casual el mío, común quizás, el de alzar la cabeza para intentar con esa postura, recordar repitiendo ¿cuánto me costó?. Sorpresa la mía que al levantar la cabeza, elevar la mirada, me encuentro observando, viendo por primera vez algo que tras repetidas ocasiones estando en ese lugar, jamás antes había visto. Ahí, en la pared contigua de la azotea en la que estábamos, una enorme impresión en blanco de tres figuras que me forzó  a decir en voz alta. Qué curioso que justo levante la mirada y vea eso, me reí. Entonces él se acercó a mí, igual que ella, dirigiendo sus ojos curiosos hacia donde yo veía, inclinándose hacia mí, girando la cabeza para visualizar claramente el por qué de mi risa. Ambos rieron también, provocando en los otros la misma reacción, se acercaron, se levantaron de sus sillas sin entender lo que sucedía, tratando de encontrar el sentido a nuestra anécdota inesperada. Él explicaba, contándoles la pregunta que me había hecho, señalando mi brazo y luego a la pared.

¿No lo habías visto antes? Sí, un día lo vi y por eso decidí hacerme éste tatuaje. Claro, lo viste y dijiste ¡eso es! eso quiero en mi brazo, en serio ¿lo habías visto? No, en lo absoluto, primera vez, ahora que me preguntaste cuánto me costó y sin ninguna intención levanté la cabeza, solo para pensar, acordarme. Reímos algo más antes  de, por fin, darle la respuesta a su pregunta, aunque ya no era importante. Si bien el tatuaje no era algo fuera de lo común, al contrario quizás de lo más cotidiano que se pueda ver caminando por las calles, estando en un parque, sentado en tu patio, en la playa, andando por el malecón, en cualquier lugar; lo extraño sucedía ahí en esa noche, casi como un acto concertado previamente para amenizar la velada aunque simplemente una casual anécdota para compartir.

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