A flor de piel.

El llanto repentino muy temprano en la mañana hizo que toda la casa temblara como si un movimiento sísmico hubiera irrumpido el aun aletargado cuerpo de la madre. El niño emitió un ruido que, además de llanto, detonaba dolor, pero aun así era un quejido breve y casi como un lamento. No podía decir mamá, aunque hubiera querido, la pesadilla había sido extraña y si bien ya estaba despierto, aun el dolor de la aguja incrustándose en mi piel persistía en mi mano.

Mamá abrió la puerta, lo sentí. Yo estaba con los ojos cerrados, estirándome y deshaciéndome de la sábana con mis pies. ¿Qué pasa hijo, por qué lloras? –dijo mientras se echaba a mi lado. He tenido una pesadilla, no recuerdo bien lo que pasaba o por qué sucedía pero me estaban cosiendo la mano, aun siento que me duele. En cuanto dije eso volví a quedarme dormido. Sospecho que recién estaba amaneciendo.

¿Por qué has soñado eso? Pregunté y me venció el sueño. Tal vez hayan pasado veinte minutos antes de darme cuenta que él dormía. Regresé a mi cama con la decisión de intentar dormir un rato más, aunque en realidad parecía más temprano de lo que era, faltaban algunos minutos de sueño. Extraña mañana de verano, pensé y acomodé mi almohada. En el segundo despertar, ya con algo más de luz a través de la ventana, el incidente con el que amanecimos había quedado en el olvido y todo fluía como en un día cualquiera.

Casi, en realidad, casi como un día cualquiera. Lo fue hasta que ella se encontró con unas imágenes que no esperaba ver y que la sorprendieron de manera terrorífica: la palma de una mano cosida por otra, un hilo oscuro que dibujaba en ella, con cada puntada, los rasgos de una cara. ¿Acaso era eso cierto o solo un montaje artístico? “David Catá, el dolor de las memorias”, ese era el nombre del artículo que contaba con imágenes, ilustrando el concepto de una forma explícita, lo que su creador intentaba hacer con la idea del olvido, una manera de impedir el desprendimiento de la historia personal: la violencia en la piel.

Las imágenes fueron suficientes para que el recuerdo del suceso madrugador llegara a ella con un impacto espeluznante. Las fotos pueden ser solo una muestra, quizás algo trabajado digitalmente–comentaba, aunque en ellas se podía identificar que la técnica era real. Pero la duda permanecía, la insistente actitud incrédula ante un acto que más allá de lo impactante en su forma la hacían estremecer recordando su voz diciendo “me estaban cosiendo la mano”.

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