Deseo.

–       ¿Pediste un deseo?

–       Sí, el mismo de siempre.

¿Y cuál es? –interrumpió curioso el hombre a su lado, mareado más que por el vino por el olor dulce que emanaba de aquél pastelillo, aunque en realidad su estado atontado era una consecuencia inmediata de la impresión que ella ocasionaba como siempre en todo aquél que conocía.

La celebración había empezado desde temprano, el almuerzo fue la hora ideal para empezar con el pisco y las cervezas aprovechando que el día contradijo al otoño mostrándose como verano y el ánimo con el cielo despejado parecía un buen augurio para sus ¿cuántos años cumples?¿treintaicinco? –le dijeron cuando el tiempo de sobremesa con el extra alcohol atípico de un jueves por la tarde se hacía interminable. Respondió con una risa y ¡más pisco por favor! mientras que el pensamiento etílico la llevaba a preguntarse si ese año se cumpliría su deseo.

–       Llegó la hora de irse ¿a dónde vamos ahora?

–       A mi casa ¿todos pueden?

Los que sí la acompañaron, que fueron los dos de siempre, no dejaban de hacerle preguntas ¿te estás divirtiendo? ¿a dónde vamos más tarde? ¿qué vamos a hacer hasta entonces? Ella solo pensaba en la respuesta a otra pregunta ¿cuántos años cumples? sacando la cuenta de sus años más los de sus hijos y prefirió ignorar el resultado.

La celebración continuaba con el ingenio de hacer algo mientras tanto en la casa que estaba desierta de la risa y el correr de sus hijos que recién llegarían la tarde siguiente, la tarde del día en el que ella nació. Aun no era su cumpleaños pero por la acostumbrada agenda entre los padres separados esa era su noche libre y no existía mejor plan que recibir la medianoche con los amigos fuera de casa sin duda, un lugar neutral donde la presencia tácita de los hijos no marcara la ausencia de algo más que ella ansiaba como el paisaje ideal de sus más de treinta años.

Cuando la noche los invitó a salir de la comodidad de la sala, entre llamadas por teléfono, mensajes y fotos instantáneas ya se encontraban en la mesa del bar saludando a quiénes se le unían entre abrazos, besos, apretones y detalles cumpleañeros. La dueña era amiga de todos y como si ella fuese más que un cliente favorito, su sobrina preferida, le preparó aquél pastelillo aromático y sobre él puso una de esas velas que se encienden como un fuego artificial, chispeante haciéndose paso entre la gente que la rodeaba.

–       ¿Y cuál es?

Lo miró extrañada porque no sabía quién era, quizás un amigo que vino con otro amigo porque no importaba, en ese bar íntimo era lo habitual, si ella no lo conocía alguien sí y eso bastaba, además el deseo no era ni un secreto. Un viudo –empezó a responderle con una sonrisa de total emoción– un viudo con hijos. Quizás ella intentó seguir hablando pero él la interrumpió –otra vez– diciendo yo soy viudo y tengo dos hijos. Ella no reaccionó de inmediato, cómo hacerlo ante el momento en el que ¿su deseo se volvía realidad? Siempre lo había pedido, siempre desde que se separó y descartó la posibilidad de tener más hijos. Por eso sería lo ideal –repetía– conocer a un viudo con hijos y casarme con él, familia numerosa feliz. Sin duda cada quien que la escuchaba por primera vez dudada de su cordura, solo hasta un tiempo después cuando era evidente que si de estar loca lo era por otras razones y no por aquél deseo casi de joven protagonista de novela.

–       ¿Eres viudo?

–       Sí.

–       No te asustes, pero nos vamos a casar.

 

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