Dawlat Qaṭar

–       ¿Sabes que en Qatar la temperatura llega a 50 grados centígrados?

El país árabe era desconocido para él que atento miraba el partido de apertura. ¿Qatar? – preguntó luego de escuchar un sí ahí será el mundial en el 2022. No era un fanático de aquél deporte pero lo disfrutaba por momentos. Desde el videojuego, los goles en un campeonato que veía en el televisor o las jugaditas en el patio.  Aun falta casi diez años para eso –contestó, seguro lo destituyen ¿en realidad ya es un hecho? De pronto el nombre Qatar empezó a rondar por su cabeza ¿será el primer mundial celebrado en Oriente Medio? La conversación empezó a teñirse de interrogantes acerca de las decisiones directivas y comerciales alrededor del deporte, de las consecuencias que afectan al país organizador.

El partido terminó 3-1. Hora de irse. Al salir a la calle retomó la idea de aquél país en la península Arábiga y de su excesivo calor. Un achís le cortó el pensamiento pues en la costa del Pacífico era invierno y el resfrío ya estaba empezando su habitual masiva invasión. Tras los días del proceso gripal, cuando los días se habían llevado el pensamiento de la sede en aquella monarquía absoluta, se animó por un partido –aun no estaba tan recuperado– así que  mejor uno frente a la pantalla. La imagen inicial, la que había visto tantas veces antes, apareció como siempre con la frase press start, pero esta vez algo llamó su atención, algo que por su constante estado despistado no había registrado: la publicidad enorme con letras amarillas en la camiseta de franjas azul y rojas.

–       ¿Cómo no me di cuenta antes?

–       ¿A qué te refieres?

–       ¿Quieres jugar un campeonato?

–       Claro ¿qué es lo que decías?

¿Sabes que en Qatar la temperatura llega a 50 grados? – empezó a contarle a su rival todo al respecto. El campeonato terminó y él no llegó a la final, aunque qué tales golazos ¿podemos ver la repetición? Con los días el estado enfermizo de un común resfriado se desvaneció mientras que la fiebre mundialista aumentaba en su sala, relojes sincronizados, partidos simultáneos y los quehaceres imprevistos interrumpían la rutina. Esa mañana tuvo que salir de prisa a recoger un encargo, el cual sin duda programó realizar muy temprano en la mañana para poder –según sus cálculos de distancia, tiempo, tráfico– volver para cuando empezara el partido durante el cual trabajaría ese informe que tenía que enviar de inmediato ya que su estado objetivo estaba de vuelta sin mucosidad ni lagrimeos, sin el dolor intenso en los ojos al querer voltear la cabeza.

Era la segunda vez que iba por aquella ruta hacia ese punto de destino, pero ésta vez hizo movimientos diferentes, voltear un semáforo antes, por la acera del frente, cruzar por la esquina hacia la izquierda. La primera vez la fachada verde grisácea del colegio había llamado su atención no por el color el cual le parecía tristísimo sino por la historia cercana alrededor de él y ésta vez –en su intento de cambiar el sentido del camino– decidió mirar a otro lado. Caminó con la cabeza hacia el frente, ignorando la magnitud del centro educativo a su izquierda, caminó sin intención de mirar hacia la derecha pero por alguna razón avanzó y justamente en ese instante lo vio. ¿Es en serio? – se dijo, deteniéndose mirando las ventanas de aquella residencia, las rejas y la placa dorada ovalada en el medio con letras enormes que decía “Embajada del estado de Qatar”.

 

 

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